Pasión a toda vela

Pasión a toda vela

Ingeniero Mecánico e hijo y nieto de exitosos navegantes, Pedro Garra (56) es un apasionado por la náutica y múltiple campeón. Referente internacional de la Clase J-70, cuenta su historia y cómo aplica el aprendizaje de la vela en su carrera profesional

Santiago Core

Fotos: Cortesía Pedro Garra / Santiago Core

Sos hijo de un histórico de la náutica: Pedro Garra (padre). Medallista panamericano en clases Finn y Snipe, además de múltiple Campeón Uruguayo (11 títulos). ¿Cuánto hay de inspiración, admiración y herencia genética para ser navegante?

¡Qué buena pregunta! Inspiración hay por supuesto, porque siempre me acuerdo del viejo y sus consejos y la verdad que es increíble. Porque uno hace como un loop de que cree que sabe y después se da cuenta de que va aprendiendo cosas nuevas. Últimamente me estoy sorprendiendo de cuánta razón tenía mi padre respecto a temas de los barcos y la náutica. ¡Me pasa con mis hijos! Mi viejo fue el que me inspiró, junto con mi abuelo –que también navegaba– a meterme en este lindo deporte.

Eso confirma la herencia genética entonces.

Bueno, la parte genética es la que espero tener –aunque eso no lo puedo decir– pero la inspiración seguro. Y la admiración también, porque la verdad que mi padre le ponía una “garra” tremenda a todo ¡literalmente! (Risas). Y eso me mueve a mí también, por ejemplo con lo que hicimos con la clase J70 y en algún momento con la clase Snipe: desarrollamos el grupo, la flota y el país.

Mi padre, cuando volvía de los campeonatos siempre daba una charla sobre todo lo que había aprendido allí. Eso es algo que me quedó y que también hago, lo disfruto mucho. Soy muy competitivo, me motiva la competencia y ganar; el trabajo en equipo, todo suma. Y luego, de alguna forma compartir todo lo que uno sabe y aprende. Lo hicimos al volver del último Mundial en España, dimos una charla en el Club. Hay gente mucho más crack que yo ¡mucho más! acá en Uruguay y más aún fuera del país. Pero me gusta contar lo aprendido, porque la genialidad de estas cosas no está en los secretos que puedas tener.

Lo mismo pasa a nivel empresarial: capaz que una tarea que haces vos, por más que le expliques a otro, este no lo interpreta igual, no lo va a ver desde tu óptica. Seguramente llegará a realizar la tarea, pero con su estilo. Por ejemplo: la puesta a punto de Santi Silveira (otro navegante) quizás no aplique para mí, y aunque la utilice no tendré el mismo resultado. Por eso creo que los secretos no son tan importantes.

¿Qué recordás de la niñez y adolescencia navegando con tu padre?

Me acuerdo que arranqué a navegar como tripulante de mi viejo. Él era muy exigente. Tanto, que mi navegación en Optimist se vio truncada ¡porque me compró un Optimist que era un desastre! (Risas). No sé de dónde lo sacó. ¡No parecía un Optimist!

En Optimist se llama dispensa cuando tenés algo mal en la medición, cuando no cumple alguna reglamentación. ¡El mío tenía 21 dispensas! Mi viejo nunca me lo dijo, yo apenas tenía ocho años. Supongo que fue a Casarino y compró algo que quedaba, era el primer modelo, tendría cosas mal ¡y se lo compró a la cuarta parte de lo que valía un Optimist! (Risas).

¿Cuánto ha cambiado el deporte de la vela desde los tiempos de tu padre hasta hoy?

Hoy día hay dos mundos en la vela: el que fue la evolución progresiva de materiales, diseños, molinetes, velocidad de las velas, etc., dentro de ciertos parámetros. Esto ha permitido agrandar mucho las dimensiones de los barcos, algo que era impensable en épocas donde las velas y los cabos se estiraban o pesaban toneladas, o sea, no se podría pensar en un barco de 100 pies con velas de Dacron porque no podrías moverlas.

El otro mundo que hay ahora es el de “los barcos que vuelan”: los foilers de la Copa América. Mi padre era fanático de la Copa América y estoy seguro que le hubiera encantado ver estos barcos. Comparaba videos en VHS para verlos en casa; hoy podría verlo por YouTube. Iba al club a leer las revistas (que llegaban meses después) porque el club tenía suscripción. Hoy podría verlo por internet o las redes.

Ya en aquella época él me decía que el futuro eran los catamaranes. Un día se puso a desarrollarlos en Uruguay, de la mano de un francés que trajo un molde para hacerlos en nuestro país. Los hicieron en Mont-Rago, empresa que fabrica cosas en fibra de vidrio. Salía en su propio catamarán y mientras yo navegaba en el Snipe, él daba vueltas alrededor mío y me decía “¡No seas gil! ¡Esto es el futuro!”. (Risas). Lamentablemente falleció en 1997 y no llegó a ver los catamaranes que vuelan hoy. Claro que han habido evoluciones y hoy son más bien monocascos, pero el concepto es el mismo: apoyarse en un foil y tener mucho más velocidad.

La tecnología ha avanzado mucho y es como una competencia por tener barcos cada vez más grandes, que hasta da miedo navegarlos. Pero bueno, capaz que es la misma sensación que tenía alguien navegando un 30 pies en 1910, si era lo más rápido del momento. Y lo mismo pasa a la inversa: cruzaban el Río de la Plata en un barco chiquito y sin guardamancebos, al que si te subís hoy decís “¿cómo navegaban en esto?”.

Basta recordar a Cristóbal Colón y sus carabelas…

¿Te imaginás si te dicen “vamos a América en esto”? ¡Ni loco! ¡No cruzo ni a África! (Risas). Pero al final es como que el ser humano siempre está a la misma distancia del límite.

Los nombres de los barcos suelen ser muy creativos y vos tenés el exitoso “Plan B”. ¿Significa algo de tu estrategia o filosofía de vida?

(Risas) ¡Pobrecito! El Plan B no es que sea un plan B. O sea, no es que haya un Plan A y el Plan B sea un plan B. No. Es una filosofía de vida que aplico en el ámbito laboral y da para todo: si querés que salga el plan A, tenés que tener un plan B. ¡Pero un plan B bien armado! Tan eficiente como el A. Pero la Ley de Murphy también forma parte de esto, y si tenés un plan B bien armado… ¡al final sale el plan A!

¿Cómo formaste el equipo y cuál es la clave para la excelente sinergia que tienen con tu tripulación?

El equipo lo mantenemos desde hace varios años, Quique (Schikendantz), Nacho (Rodríguez) e Iván (Guichef) son el equipo oficial. Juan Pedro (Coll), un crack, nos acompañó para ir al Mundial porque Iván no podía ir. Y ahí dijimos “¿quién puede ser?”. Necesitábamos alguien que pesara bastante, Juan Pedro es bastante grande y se lo pedimos prestado a la tripulación de Bruno Centanaro. Ahora está corriendo para ellos y somos rivales.

Nuestra filosofía es: “no todo el mundo puede todo el año”, a veces uno tiene una etapa de la vida por trabajo, estudios o lo que sea, entonces tenemos un equipo bastante ampliado.

Un plan B.

Exacto. En este grupo somos todos amigos y planificamos dos años hacia adelante para ver qué queremos hacer. Entonces ya sabemos que vamos a ir al Mundial del año que viene en Portugal y ya vemos quiénes podrán ir y quiénes no. En el equipo ampliado somos seis o siete para cuatro lugares y vamos rotando según cada uno pueda. Tenemos un tripulante argentino, de Rosario, Nacho Fernández Viña, que cada tanto puede correr la Rolex con nosotros. En época de pandemia Nicolás Parodi también fue parte del equipo. Esa es la filosofía.

¿Siempre en J-70 o en otras categorías?

Con Iván navegábamos antes en J-24, fuimos campeones sudamericanos y corrimos dos mundiales. Estuvimos navegando en Newport con el equipo del Club, corrimos un mundial en Newport de J-24, terminamos en el puesto 11, bien, dimos lucha. Y después pasamos a J-70. Con Iván armamos el J-70 cuando vino en el 2015 y ganamos unos cuantos campeonatos uruguayos.

Como ingeniero y destacado empresario de la logística, ¿qué similitudes encontrás en la toma de decisiones en tu trabajo y la náutica? ¿Podrían aplicarse estrategias similares?

Totalmente. La náutica competitiva es fantástica como escuela para el trabajo, porque el hecho de salir a una regata implica planificar estrategia, coordinar al equipo y tomar decisiones sobre la marcha. Si le decís a alguien que no navega “mirá, la línea de la largada es entre la boya y la lancha, tenés que elegir de qué lado salir y para dónde salir”. La gente que no tiene experiencia navegando dice “¡Pero si esto es todo lo mismo! ¡Es agua!” (Risas). Pasa de todo en una cancha de regatas.

Entonces –por ejemplo– cuando tenés que hacer un presupuesto para el año que viene y tu equipo te dice “sí, pero yo qué sé qué va a pasar el año que viene”. Bueno, en una regata es igual: ¡yo qué sé qué va a pasar por el viento! Entonces tenés que pensar en qué cosas pueden pasar con el viento para ver de qué lado te conviene ir, lo mismo con la marea. Es un tema de probabilidades, nunca nadie sabe con certeza qué es lo que va a pasar, entonces tenés que ubicarte lo mejor posible para lo más probable que pase. Eso es justamente la vida de las empresas:¿qué va a pasar el año que viene? Que Trump esto, que Putin lo otro, que la economía global, etc.

Es igual que una regata: hay que largar, pero… ¿y para dónde largamos? Y… yo largaría para allá, ¿y por qué? Y bueno, porque lo más probable que podría suceder es tal o cual cosa. ¿Estás seguro? ¡No! Nada seguro, pero como que vas tomando decisiones de reducir las probabilidades de que algo te salga mal. ¿Estás seguro de que te va a salir bien? Por supuesto que no. Pero ¿seguro de que no te va a salir mal? Tampoco.

Por otro lado, la importancia del equipo. Decís ¿vos vas a llevar el foque? Perfecto, aprende a llevar el foque. ¿Te ayudo? “No, puedo solo.” Perfecto, listo el foque. Si luego no estamos andando bien, corregimos donde sea necesario. En definitiva, tenés que construir en un equipo para que las maniobras salgan bien, que cada uno sepa lo que tiene que hacer, qué parte de lo que hace es clave para que te vaya bien. En el trabajo es exactamente igual.

Es dirigir y delegar.

Sí, pero con la dificultad que eso tiene. Enfrentar la situación cuando algo sale mal en la regata, uno se equivoca, se enoja, es real. Somos seres humanos y te frustrás, cada tanto puede haber un griterío a bordo –que no es un tema personal por supuesto– sino por el resultado. Todas esas cosas te entrenan para la vida misma.

Hay que aprender a manejar las frustraciones de que creías que iba a pasar tal cosa con cierta probabilidad y pasó todo lo contrario, y bueno, tenés que virar e ir para otro lado, es así. Aplica en el trabajo: ganamos un cliente, perdimos un cliente. ¿Pensábamos que iba a pasar esto? Y… no, no lo pensábamos, pero ya pasó. Bueno, vamos para allá, el viento entró por allá, hay que reconstruir la confianza. Todo el tiempo así. Siempre digo que tengo la ilusión de poder llevar a mi equipo de trabajo a una regata.

¿Cómo lográs equilibrar una carrera profesional tan exigente con lo que requiere la competencia del deporte?

Con la modestia que corresponde, debo decir que no somos profesionales. Somos gente que vive de otra cosa y a su vez nos gusta navegar en Corinthians. Llega al límite de lo tolerable familiarmente, digamos. Mi señora y familia me bancan, las esposas, novias de los tripulantes también a ellos. ¡Estamos en el límite de lo tolerable! (Risas).

Una buena anécdota es que el año pasado (2024) entrenábamos con un barco en Buenos Aires y otro en Punta del Este, íbamos de acá para allá. Luego fuimos al Mundial en Mallorca y yo iba consolándome con mi esposa, diciendo “son muchos barcos, capaz hay poco viento, va a ser muy difícil, las largadas serán complicadas… pero bueno, en último caso nos servirá como entrenamiento”. Ella respondió “¿cómo que un entrenamiento? ¡Con el tiempo que le dedicaste a esto más vale que traigas algún buen resultado!”.

Bueno, lo trajiste.

¡Sí! ¡Salimos campeones! Menos mal… (Risas).

En el mundo de la logística, Uruguay busca jugar un rol importante como “hub” (conector) regional. ¿Punta del Este y el YCPE deberían apuntar a lo mismo?

Yo admiro la visión que ha tenido el Comodoro Etcheverrito en buscar eso mismo. Somos un país pequeño, con poca gente navegando y era todo un desafío para el club lograr lo que está logrando.

La apuesta del Comodoro y la Comisión Directiva por poner a Punta del Este en el escenario mundial en términos de la Clipper Race y Ocean Global Race; la participación en la Rolex Invitational Cup en Nueva York, el apoyo para nuestra participación en el Mundial de J-70, la campaña que están haciendo Hernán Umpierre y Fernando Diz en 49er y todo lo que están haciendo con la Escuela de Vela es increíble. Haber tenido tres barcos en la Clipper Race (uno como ciudad y dos como Yacht Club Punta del Este) es una apuesta fantástica.

Nosotros nos sentimos muy apoyados, comprometidos y contentos desde que arrancamos este proyecto de la clase J-70. La clase J-70 tiene 12 años y hace 10 que tenemos barcos en Uruguay. Fue inusual haber entrado tan rápido, generalmente las cosas nos llegan unos 30 o 40 años después… nos pasó con la J-24, que se creó en 1978 y en Uruguay empezó a tener algún tipo de auge recién en la década de 1990 y 2000 porque se empezaron a construir en Argentina.

Con los J-70 fue diferente. Al principio fue muy difícil, por supuesto. Tuvimos que alinearnos con la Directiva para comprender lo que significaba este proyecto. Hoy día el Club apoya completamente y se transformo en un faro a nivel sudamericano. Es algo que nos llena de orgullo porque lo logramos desde un lugar tan chico y con poca población, pero hoy somos parte de un movimiento a nivel global.

Argentina también forma parte del proyecto desde el inicio. Tenemos que lograr que no solo haya una flota interesante en Uruguay sino que en Argentina haya una flota muy fuerte. Fuimos a hablar con la gente de JBoats y los convencimos de que para lograr el desarrollo de la categoría era necesario poder construir barcos en Argentina, donde había astillero pero no tenían el molde.

¿Cómo ven a Punta del Este en otras partes del mundo, como Europa o Estados Unidos por ejemplo?

El mundo es grande y hay muchos clubes y puertos. Pero cada vez más –y en buena parte gracias a los embajadores que de alguna forma todos somos– se está conociendo el Club y la ciudad. Ayuda mucho tener convenios de reciprocidad con varios clubes históricos de Europa, Estados Unidos y otras partes del mundo.

Además de con todas estas campañas, tenemos gente que está navegando en Inglaterra, por ejemplo a Nano Antía. Hace poco se corrió la Cowes Week con socios representando al Club, más todo lo que están haciendo Hernán Umpierre y Fernando Diz en 49er a lo largo de Europa y con excelentes resultados. ¡Y por supuesto, el barco del YCPE dando la vuelta al mundo con la Clipper Race! Todas estas cosas hacen muy conocido al Club y es muy bueno llegar a cualquier lado y que te den la bienvenida.

Ganaron el Mundial J-70 de Mallorca en Clase Corinthian. ¿Cómo vivieron el momento al cruzar la meta?

¡No teníamos idea! (Risas). No sabíamos cómo habíamos terminado ni cómo habían terminado nuestros rivales. Fue una incertidumbre total. Estuvimos cerca de 20 minutos esperando a que se publicaran los resultados, porque éramos como 100 barcos y no estábamos seguros. Es más, habían llegado muchos barcos juntos.

Teníamos que saber cómo habían llegado los italianos y los de Bermuda, a los que les teníamos que ganar y recuperar como 20 puntos en esa regata. Y al ser tantos barcos ¡no teníamos idea!

¿En qué momento se enteraron?

Mi hija estaba viendo la regata, la llamamos y le preguntamos “¿Viste entrar a los italianos?”. Nosotros habíamos terminado en el puesto 37 en la regata, no recuerdo exactamente. “¿Y? ¿Cómo terminaron ellos?” preguntamos. “Creo que llegaron en el puesto 30” nos dijo. “¡¿Pero contaste bien?!” insistíamos, y ella dijo que no sabía. “OK, olvidate” dijimos.

Entonces veníamos llegando a puerto a motor, y entrando por el celular la página web: refresh, refresh, refresh, ¡mil veces refresh! Hasta que de repente… ¡Ganamos! Fue una experiencia irrepetible. Esa noche salimos a festejar con mi hija, también estaban los argentinos. Una felicidad enorme.

Actualmente (N. de R.: al momento de hacer la entrevista) sos el Presidente de la Clase J-70. ¿Cómo ves el futuro de la categoría?

Es un orgullo que me hayan elegido para presidir la clase –¡que bastante trabajo da!– (risas) y esa elección está relacionada con todo lo que hicimos acá en Sudamérica.

Es que lo habías sembrado.

Sembramos bastante, me gusta mucho eso y es como te decía al principio de la entrevista, cuando hablamos de Tal Ben Shahar (N. de R.: publicada en la edición anterior): en el fondo lo hago porque me divierte que las cosas crezcan y haya más gente participando.

Evangelizaste a muchos.

A unos cuantos por suerte. Nos divierte mucho y tenemos un lindo grupo de amigos que navegamos en esto. Y es impresionante el potencial que tiene esta clase, es la que más crece en el mundo de los barcos de quilla.

El éxito que ha tenido, los campeonatos en Europa –que es casi como si pusieran a la venta entradas para ver a Coldplay– ¡se abren las inscripciones y se agotan en horas! Es impresionante el auge que tiene la clase; los diseñadores son de la familia Johnstone, los de JBoats.

Te diría que la J-70 es la clase es perfecta. Ideal para el mundo de hoy, con un tamaño manejable, se puede llevar en un trailer. Tiene unas reglas súper estrictas para que no pueda haber ventajas por fuera. Podés navegar más horas o comprar más velas, pero no podés –por ejemplo– hacer un agujero en ningún lado, no podés mover una mordaza, no podés inventar nada. Entonces eso la hace más justa, que dependa de las habilidades de la tripulación.

El presupuesto puede ser más reducido, y si bien podés invertir lo que quieras en velas, viajes o campeonatos, al barco no podés ponerle mucho más dinero de lo que cuesta el barco en sí. Ha sido un éxito absoluto y sigue creciendo. Estamos en 27 países.

¿Cómo ven la expansión hacia otros mercados?

Ya hay flota de China, de Corea, de Australia, todo se va multiplicando. Es la clase de barco de quilla más internacional y corras donde corras, los barcos son iguales. Llevas las velas y listo. Es el mismo éxito que tuvo la J-24 pero con un plus: este barco es más “one design” que el J-24.

Ha tenido un éxito fenomenal y te diría que uno de los principales problemas y discusiones que tenemos en el Comité Internacional es cómo administrar el crecimiento, cómo hacer para que los campeonatos reciban a más gente, si hacemos más campeonatos, pero con el riesgo de que se diluya la gente si hay tantos torneos… aunque también queda gente afuera si hay pocos. Son muchos desafíos.

Yo trabajo mucho para lograr la movilidad de los participantes. Si solo corres en tu casa deja de ser internacional, pero la gente quiere estar acá porque es internacional. Yo quiero ir a correr un Mundial a USA y que estén los mejores europeos, porque si no ¿para qué voy? Si la categoría se centra en Europa dejaría de ser una clase mundial, y justamente todos queremos que lo sea. Entre todos hemos logrado amalgamar muchas cosas que permiten que administremos este crecimiento brutal de la clase –que tiene base mayormente en Europa– así que es un gran desafío para nosotros.

Hay que manejar bien la globalización de la clase J-70.

Es que tiene un poder impresionante. El éxito que han tenido los Johnstone con su diseño es sorprendente. Es más, cuando presentan un barco al mercado ya tiene sus propias reglas, incluso si uno quiere cambiarlas ellos tienen derecho a veto. Si alguna modificación implica alejarse del concepto one design o hace que se genere una competencia desmesurada basada en posibles cambios permitidos, ellos no lo permitirán, porque la categoría perdería valor.